Honorio Henríquez, el senador samario que llegó a la Presidencia del Congreso en medio de una inesperada alianza política, enfrenta ahora el reto de demostrar que el poder también puede ejercerse con equilibrio, carácter y sentido de región.
La llegada de Honorio Henríquez Pinedo a la Presidencia del Senado tiene un significado que va más allá de una elección parlamentaria. Para Santa Marta y el Magdalena representa también la llegada de un dirigente nacido en esta tierra a uno de los cargos de mayor responsabilidad política del país, en un momento marcado por profundas divisiones y grandes expectativas.
Su elección el pasado 20 de julio estuvo rodeada de una particular circunstancia política. Aunque pertenece al Centro Democrático y contaba con el respaldo de su bancada, su candidatura no era la preferida del presidente Abelardo De La Espriella, quien había respaldado al senador Alfredo Deluque. Henríquez terminó imponiéndose gracias a una combinación inesperada de votos, entre ellos sectores de la oposición, configurando una alianza que algunos ya describen como una nueva forma de “Petro-Uribismo”.
Más allá de las alianzas que hicieron posible su elección, comienza ahora una etapa en la que su liderazgo será observado con especial atención. El país, su partido y, de manera particular, el Magdalena esperan conocer la impronta que Henríquez dará a una Presidencia del Senado que llega en un momento decisivo para Colombia.
Henríquez no llega de improviso a la política. Abogado de la Universidad de La Sabana, inició su trayectoria en el sector público y ocupó cargos de responsabilidad durante los gobiernos de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Fue director de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP) y llegó al Senado en 2014 como integrante del Centro Democrático, partido al que pertenece desde su fundación.

Durante sus años en el Congreso ha concentrado buena parte de su trabajo en asuntos relacionados con salud, seguridad social y seguridad, temas que hoy aparecen nuevamente entre las principales preocupaciones de los colombianos.
Su primer discurso como presidente del Congreso dejó entrever el perfil que podría marcar su gestión: firme en sus convicciones, pero con un llamado a la unidad. Al posesionar a De La Espriella como presidente, habló de un país que necesita soluciones concretas frente a la seguridad, la salud, la economía, el narcotráfico, la corrupción y la crisis fiscal.
Y ahí estará precisamente su mayor desafío.
Henríquez deberá encontrar un delicado equilibrio entre su identidad política, la relación institucional con un Gobierno que no impulsó su elección y las necesidades de una región que espera mucho de uno de los suyos.
Para el Magdalena y Santa Marta, su presidencia puede ser una oportunidad para poner sobre la mesa asuntos que siguen esperando respuestas: infraestructura, seguridad, salud, turismo, empleo y desarrollo regional.
El verdadero legado de su presidencia no estará solamente en las leyes aprobadas ni en los debates dirigidos desde la mesa del Senado. También estará en la capacidad de demostrar que un samario puede llegar al centro del poder nacional sin perder de vista el lugar del que viene ni las necesidades de quienes depositaron en él sus esperanzas.
En tiempos de polarización, quizás ese sea el mayor reto de Honorio Henríquez: representar sus convicciones sin convertirlas en barreras y ejercer el poder sin olvidar la región que lleva consigo.



