Los terremotos no discriminan

La tragedia que hoy vive Colombia vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que Santa Marta no debería seguir aplazando: ¿qué tan preparada está nuestra ciudad para enfrentar un gran terremoto?

Por: Jose Rey

La tierra no conoce fronteras, estratos ni apellidos. Cuando tiembla, no pregunta quién vive en un edificio moderno, quién habita una casa antigua o quién tiene más recursos para protegerse. Los terremotos no discriminan.

La tragedia que hoy vive Colombia, particularmente en el Eje Cafetero, nos obliga a mirar más allá de las cifras. Al momento de escribir este artículo, el balance oficial de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) reporta 281 personas fallecidas, 3.971 heridas y 379 desaparecidas tras el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente del país.

Detrás de cada número hay una familia. Una silla vacía en una mesa. Una llamada que todavía no llega. Una fotografía que alguien abraza mientras espera noticias.

Y mientras Colombia intenta rescatar vidas, Santa Marta tiene una razón adicional para mirar con atención hacia su propia historia.

Una ciudad que ya sintió la fuerza de la tierra

El 24 de mayo de 1834, Santa Marta fue sacudida por uno de los terremotos más fuertes registrados en su historia. El movimiento fue tan devastador que transformó para siempre buena parte de la ciudad colonial.

En un informe enviado a las autoridades centrales, el entonces gobernador Juan Gómez describió la magnitud de la tragedia y señaló que todas las edificaciones, sin excepción, habían sufrido algún grado de afectación.

La Catedral no escapó. Su cúpula se vino abajo y varias de sus paredes y pisos quedaron seriamente deteriorados. El convento de Santo Domingo, ubicado donde hoy funciona el Palacio Tayrona, quedó completamente destruido y nunca logró recuperarse. También resultaron gravemente afectadas otras construcciones religiosas y civiles de la ciudad.

Cerca de 100 viviendas quedaron destruidas, mientras muchas otras sufrieron daños importantes.

Aquel terremoto no solamente derribó edificios. También modificó la ciudad que Santa Marta había sido durante siglos.

Como han señalado historiadores, aquella tragedia ayuda a explicar por qué una de las ciudades más antiguas de América no conserva hoy un conjunto colonial tan amplio como Cartagena o Mompox. La tierra también escribió su propia versión de nuestra historia.

El pasado que debería hablarnos del futuro

Hoy sabemos que Santa Marta y la región están expuestas a actividad sísmica asociada, entre otros factores, a sistemas de fallas como Oca-Santa Marta-Bucaramanga. Eso no significa que podamos saber cuándo ocurrirá un gran terremoto. Significa algo mucho más sencillo: no podemos asumir que nunca ocurrirá.

Y ahí está la reflexión que deja la tragedia nacional.

No se trata de vivir con miedo. Se trata de vivir con conciencia.

Santa Marta crece. Se construyen edificios, conjuntos residenciales, hoteles y nuevos proyectos. Miles de familias llegan cada año y otras tantas han hecho de esta ciudad su hogar. Pero una ciudad verdaderamente moderna no es solamente aquella que construye más; es aquella que construye pensando en la vida de quienes la habitan.

Quizás llegó el momento de preguntarnos si nuestros edificios cumplen las condiciones necesarias, si existen verdaderos planes de evacuación, si las rutas están señalizadas, si los puntos de encuentro son conocidos y si nuestras familias saben qué hacer durante los primeros segundos de un terremoto.

Son preguntas incómodas, pero necesarias.

Porque después de una tragedia siempre aparece la frase: “pudo haberse evitado”.

Ojalá nunca tengamos que pronunciarla en Santa Marta.

La ciudad tiene derecho a seguir creciendo, a recibir visitantes, a mirar al mar y a soñar con el futuro. Pero también tiene la responsabilidad de recordar que debajo de sus calles existe una tierra viva.

El terremoto de 1834 pertenece a nuestra historia. La prevención, en cambio, pertenece a nuestro futuro.

Y quizás la mejor manera de honrar a quienes hoy sufren en Colombia sea aprender de su dolor antes de que otro movimiento de la tierra nos obligue a hacerlo

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