Por: Jose Rey
La historia de Hermán Restrepo empezó con pinceles. A los diez años soñaba con ser pintor, inspirado en Miguel Ángel, y pasaba horas dibujando y pintando. Pero pronto descubrió que el cabello podía convertirse en su lienzo. A los quince años ya se estrenaba en Bogotá en una peluquería llamada Cabellos por la Vida. Entre secadores, tijeras y manuales prestados, fue descubriendo que su lugar estaba detrás de una silla de peluquería. Lo que para muchos era un oficio pasajero, para él se convirtió en un destino.
Hermán nació en Manizales, aunque la vida pronto lo llevó a Bogotá. Allí, con apenas 15 años, ya estaba detrás de una silla de peluquería. No era un hobby pasajero: a los 10 años ya tenía clara su pasión, y a los 15 se había convertido en estilista profesional. “Me formé leyendo enciclopedias del cabello, estudiando la historia, practicando todos los días con mis clientes”, recuerda.
Su primera estación fue una peluquería en la capital llamada Cabellos por la Vida. Entre secadores, tijeras y manuales que conseguía gracias a un amigo vinculado a la Fuerza Superior de Belleza, empezó a pulir un estilo propio. Mientras otros adolescentes soñaban con fiestas o aventuras, Germán soñaba con cortes, peinados y colores.

El destino, sin embargo, tenía otros planes. Un día, su madre, inspectora de peaje, le pidió un regalo de cumpleaños inusual: que viajará a Santa Marta. “Yo no pensaba ir, pero ella insistió, me compró el tiquete y me mandó en un avión. Llegué sin saber muy bien por qué, pero llegué”, dice con una sonrisa.
Lo recibió Salomón, un reconocido peluquero samario de esa época. Y allí empezó una nueva etapa. Con apenas 18 años, Hermán ya trabajaba en la ciudad, y muy pronto comenzó a abrirse puertas. Al año, representó a Santa Marta en un campeonato regional de peluquería, donde quedó subcampeón. Corría 1988 y el nombre de Hermán Restrepo empezaba a sonar con fuerza.
A los 21 años montó su primera peluquería en la segunda con 20, un espacio que pronto se convirtió en punto de referencia. De allí saltó a competencias nacionales, donde fue campeón, y luego a un escenario que marcaría su vida: el mundo de los reinados de belleza.
Durante más de 17 años trabajó en el Reinado Nacional de Belleza en Cartagena, siendo maquillador oficial, preparador de reinas y hasta coordinador del Reinado Nacional del Mar. Pasarela tras pasarela, backstage tras backstage, fue moldeando coronas y estilizando sueños. “Siempre soñé que el Magdalena tuviera su propia reina nacional. Trabajé mucho en eso”, cuenta.
Una de sus historias más memorables la vivió junto a Taliana Vargas, con quien compartió el proceso desde que fue Señorita Magdalena. “Con Taliana creamos un lazo muy especial. Fue una reina que dejó huella y con quien todavía conservo una gran amistad”, recuerda con orgullo.
En 2016 cerró su ciclo en Cartagena y en los reinados, pero nunca dejó de lado su esencia: la peluquería y el maquillaje como arte y estilo de vida. Su nombre, que empezó siendo casi un apodo, hoy es una marca propia, ligada a la elegancia, la disciplina y la pasión por la belleza.
Porque al final, Germán Restrepo no solo corta cabellos o maquilla rostros: corta miedos, abre caminos y transforma historias con cada pincelada.
