Eduardo Dávila Armenta, la historia de un hombre profundamente samario

Eduardo Dávila Armenta, la historia de un hombre profundamente samario

Eduardo Davila Armenta acompañado de su esposa Zamira Giraldo Jiménez

Entrevista exclusiva para BLUE

Hay vidas que terminan confundidas con la historia de una ciudad. No porque quienes las viven se lo hayan propuesto, sino porque los años van dejando una huella tan profunda que resulta difícil hablar de un lugar sin recordar también a quienes ayudaron a construirlo.

La historia de Eduardo Dávila Armenta tiene algo de eso.

A sus 79 años, cuando la memoria comienza a convertirse en uno de los grandes tesoros de una vida, Eduardo mira hacia atrás y encuentra mucho más que una trayectoria empresarial. Encuentra a su familia, las tierras que marcaron su infancia, los negocios que llegaron después, los trabajadores que hicieron parte de ellos, las decisiones que tuvo que tomar siendo todavía joven y, por encima de todo, una relación profunda con Santa Marta.

Porque Eduardo no solamente nació en esta ciudad. La ha vivido.

La ha visto transformarse, crecer, cambiar de rostro y de ritmo. Ha conocido sus épocas de esplendor y también sus momentos difíciles. Y mientras la ciudad avanzaba, él fue construyendo su propio camino, primero bajo la sombra de un apellido familiar de larga tradición y después con la responsabilidad de darle a ese legado una dimensión propia.

Los Dávila, de raíces españolas, y los Armenta, vinculados a La Guajira, encontraron en el Caribe el lugar donde sus historias familiares se cruzaron. De esa unión nació una familia estrechamente ligada a la tierra, a la ganadería, a la actividad empresarial de la región y el futbol.

Eduardo creció dentro de ese universo.

Eduardo Davida acompañado de primera esposa y sus hijos

Su padre, Eduardo Dávila Riascos, tenía importantes inversiones en el sector bananero y en la ganadería. Sus abuelos también habían dedicado buena parte de su vida al campo. La tierra no era para aquella familia un simple patrimonio; era una forma de entender el mundo, una responsabilidad y también una manera de construir futuro.

Eduardo estudió en Estados Unidos, lejos de aquellas fincas que conocía desde niño. Pero cada vez que regresaba a Santa Marta ocurría algo que con el tiempo terminaría definiendo su destino: buscaba el campo.

Mientras otros jóvenes podían encontrar en la ciudad o en el extranjero sus grandes aspiraciones, él encontraba en las fincas una especie de llamado. Le interesaban los animales, los cultivos, el movimiento de los trabajadores y esa compleja relación entre la naturaleza y el esfuerzo humano que existe detrás de cualquier actividad agrícola.

La vida, sin embargo, decidió acelerar los tiempos.

Las circunstancias familiares hicieron que regresara antes de lo previsto y, siendo todavía joven, comenzó a asumir responsabilidades importantes dentro de los negocios de su familia. No tuvo el privilegio de esperar a que llegara el momento perfecto. El momento llegó y tuvo que enfrentarlo.

“Hacer empresa en un país como este no es fácil. Es muy difícil. Pero echamos para adelante”, dice hoy, con la serenidad de quien ha comprobado que algunas de las mejores respuestas de la vida son también las más sencillas.

Echar para adelante.

Quizás esa frase explique buena parte de su historia.

Con el paso de los años llegaron nuevas sociedades, nuevos proyectos y una actividad empresarial cada vez más amplia. Uno de los capítulos más importantes fue el relacionado con la palma africana, sector en el que Eduardo y sus socios llegaron a desarrollar alrededor de 17.000 hectáreas sembradas, acompañadas de infraestructura y plantas para el procesamiento y producción de aceite.

Detrás de esas 17.000 hectáreas, sin embargo, había algo mucho más grande que una cifra.

Había trabajo.

Cuando recuerda la cantidad de personas vinculadas a sus empresas, Eduardo habla de miles de empleados que, en distintos momentos, han dependido de esas actividades productivas.

“Fácilmente tenemos dos mil, tres mil, cuatro mil empleados en este país. De pronto más”, comenta.

Es entonces cuando la conversación adquiere otra dimensión. Porque detrás de cada empleo existe una familia que espera un salario, un hijo que necesita estudiar, una casa que necesita sostenerse y una persona que encuentra en el trabajo la posibilidad de mirar hacia adelante.

Esa es quizá una de las partes menos visibles de una vida empresarial. Los balances muestran cifras, los activos muestran patrimonio y los resultados muestran crecimiento, pero ninguna hoja contable consigue explicar completamente lo que significa que miles de personas hayan encontrado una oportunidad de trabajo en una empresa.

Y Eduardo parece entenderlo.

Carlos Vives, Eduardo Davila y Carlos el Pibe Valderrama

Quizás porque él mismo aprendió desde joven que una empresa no se construye únicamente con dinero. También necesita carácter, paciencia y la capacidad de atravesar los momentos en los que las cosas no salen como se esperaba.

Pero detrás del empresario siempre ha existido otro Eduardo.

El hijo que recuerda a sus padres. El nieto que habla de sus abuelos. El hombre que reconoce en su propio rostro algunos rasgos de su padre. Y el padre que habla con orgullo y nostalgia de sus hijos.

Hay algo particularmente conmovedor en las fotografías familiares cuando pasan los años. De pronto, un rostro que perteneció al pasado vuelve a aparecer en el presente a través de los ojos de un hijo. El tiempo cambia las personas, pero hay gestos que parecen resistirse a desaparecer.

Eduardo recibió una herencia familiar importante, pero también recibió una responsabilidad. Un apellido puede facilitar determinados caminos, pero no garantiza que quien lo lleva sea capaz de recorrerlos.

Él decidió hacerlo a su manera.

Y en esa historia hay otro capítulo imposible de ignorar: el Unión Magdalena.

Porque si las empresas representan una parte de la vida de Eduardo, el fútbol representa otra mucho más emocional. Para un samario, el Unión nunca ha sido solamente un equipo. Es parte de la memoria de la ciudad. Está ligado a la infancia de muchas generaciones, a las tardes de estadio, a las conversaciones familiares y a ese sentimiento inexplicable que hace que una camiseta pueda llegar a significar mucho más de lo que aparentemente representa.

Eduardo Dávila quedó profundamente ligado a esa historia.

Su relación con el Unión Magdalena trascendió la responsabilidad empresarial. Allí puso recursos, tiempo, trabajo y decisiones difíciles, pero también puso una pasión que no puede medirse en ningún balance.

Porque el fútbol tiene una particularidad que pocas actividades poseen: puede convertir a una ciudad entera en una sola emoción.

Cuando el Unión gana, Santa Marta lo siente.

Cuando pierde, también.

Y aunque hayan pasado los años, esa relación permanece. Eduardo conoce las alegrías y las dificultades que ha vivido el equipo y sabe que el amor por esos colores no siempre necesita una explicación.

Tal vez por eso su historia con el Unión tiene un significado especial. En cierta forma, su vínculo con el club también ha sido un vínculo con la identidad de Santa Marta, con esa necesidad permanente de una ciudad de sentirse representada por aquello que considera suyo.

Pero toda vida larga tiene capítulos que no son fáciles de contar.

A sus 79 años, Eduardo también enfrenta un momento particularmente complejo. Su nombre ha aparecido relacionado con controversias y denuncias, entre ellas asuntos vinculados con narcotráfico, relacionado con una propiedad en Villa Concha y una investigación relacionada con el supuesto homicidio de un juez ocurrido en diciembre de 2001.

Son situaciones que deben ser examinadas por las autoridades competentes y dentro de las garantías que establece el debido proceso. Una denuncia no constituye una sentencia y una acusación no puede convertirse, por sí misma, en una verdad definitiva.

Pero existe una dimensión humana que no puede ignorarse.

Después de una vida dedicada a construir empresas y a consolidar un apellido, enfrentar cuestionamientos sobre el propio nombre puede ser una experiencia especialmente dolorosa. El patrimonio de una persona no está compuesto únicamente por propiedades, empresas o inversiones. También existe un patrimonio invisible que se llama reputación.

Y ese patrimonio, una vez puesto en discusión, solamente puede defenderse con tiempo, pruebas y verdad.

Por eso este capítulo de su vida merece ser tratado con serenidad. Sin condenas anticipadas, pero tampoco desconociendo que existe un proceso que deberá seguir su curso.

“en particular una familia política de la ciudad ha llevado a cabo una persecución en mi contra” afirma con serenidad Eduardo.

Eduardo, mientras tanto, continúa mirando hacia adelante.

Quizás porque después de 79 años ha aprendido que ninguna vida puede reducirse a un solo capítulo. Hoy él vive una de las etapas más felices de su vida junto a su esposa, Zamira Giraldo Jiménez. A su lado ha encontrado una compañera que, según sus propias palabras, ocupa un lugar muy especial en su historia: “Ella es fantástica y me hace muy feliz”.

La historia de Eduardo contiene los recuerdos de una familia que llegó al Caribe desde distintas raíces y terminó haciendo de Santa Marta su hogar. Contiene el aprendizaje de un joven que regresó de Estados Unidos para asumir responsabilidades empresariales. Contiene miles de hectáreas cultivadas y miles de trabajadores que pasaron por sus empresas. Contiene también las alegrías y las dificultades de haber estado ligado a un equipo que representa una parte profunda del sentimiento samario.

Pero, sobre todo, contiene una ciudad.

Santa Marta aparece una y otra vez en la conversación, incluso cuando no se la menciona directamente. Está en los recuerdos familiares, en las fincas, en el fútbol, en los amigos, en los negocios y en esa manera particular de mirar la vida que tienen quienes han crecido junto al mar y bajo el sol del Caribe.

A los 79 años, Eduardo puede mirar el camino recorrido con la perspectiva que solamente conceden los años. Hay decisiones de las que seguramente se siente orgulloso y otras que la vida habrá obligado a mirar con mayor detenimiento. Hay personas que ya no están, proyectos que cambiaron de rumbo y momentos que permanecen intactos en la memoria.

Así es la vida cuando se ha vivido intensamente.

No es una línea perfecta.

Es un camino lleno de curvas.

Y quizá por eso una verdadera historia no debería intentar convertir a un hombre en héroe ni en villano. Debería mostrarlo como lo que es: un ser humano con una trayectoria, con luces y sombras, con aciertos y dificultades, con una familia que lo precedió y una historia que todavía no termina.

Eduardo Dávila Armenta recibió de sus mayores una historia. Con el paso de los años, escribió la suya.

La escribió entre empresas y campos, entre decisiones y responsabilidades, entre generaciones que llegaron y otras que se fueron. La escribió también en las tribunas y en los días difíciles del Unión Magdalena, cuando defender unos colores significaba mucho más que ganar un partido.

Y la escribió, sobre todo, en Santa Marta.

Porque hay lugares donde uno nace y hay lugares que terminan formando parte de lo que uno es.

Santa Marta pertenece a la segunda categoría en la vida de Eduardo. Después de 79 años, la ciudad no es solamente el escenario de sus recuerdos. Es parte de ellos.

Y quizás esa sea la verdadera riqueza que queda cuando el tiempo empieza a mirar hacia atrás: descubrir que, más allá de las empresas, de los bienes y de los nombres, existe algo que no aparece en ningún balance.

La huella.

Esa marca silenciosa que dejan los años, las decisiones, las personas y los afectos.

Y la de Eduardo Dávila Armenta está, de muchas maneras, escrita sobre la memoria de Santa Marta.

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