Hay personas que recorren el mundo y regresan con historias. Carlos Jaramillo Rios volvió con una misión. No porque Santa Marta lo necesitara, que sí, sino porque él la necesitaba a ella. Porque hay ciudades que no se habitan: se sienten. Y Santa Marta, para Carlos, siempre ha sido un latido constante.
Samario por convicción, hijo de un paisa que llegó un día y decidió quedarse para siempre, Carlos creció entendiendo que esta tierra no solo es paisaje y mar, sino carácter, desafío y esperanza. Aquí se formó, aquí se enamoró de la idea de servir, aquí decidió que su vida tendría sentido si lograba transformar oportunidades en realidades.
Se educó en el Colegio San Luis Beltrán y luego en la Universidad del Magdalena, donde estudió Ingeniería Ambiental y Sanitaria. Pero su destino no estaba en los planos ni en los cálculos. Estaba en las personas, en las comunidades, en los procesos que transforman vidas. Por eso, cuando aún era estudiante, el voluntariado internacional le abrió una puerta que terminaría cambiándolo todo. Años después, esa vocación se fortaleció con una formación directiva: un MBA en la Universidad del Rosario y un máster en Liderazgo Internacional en EADA Business School, en Barcelona, le dieron herramientas globales sin desconectarlo de su raíz humana.
Chile fue el punto de quiebre. Tras el terremoto y tsunami de 2010, Carlos llegó a un país herido y encontró su propósito. Desde Un Techo para Chile, asumió responsabilidades enormes para alguien tan joven: liderar equipos, reconstruir territorios, devolver dignidad. Tenía 24 años, era el único colombiano en un proyecto de recuperación regional y cargaba sobre los hombros una convicción profunda: el desarrollo no es infraestructura, es humanidad.
Cuatro años después regresó a Colombia con una mirada distinta. Más madura. Más consciente. Se vinculó a Algramo, un modelo de innovación social que apostaba por la inclusión económica desde las tiendas de barrio. Barranquilla fue el laboratorio. Los resultados, contundentes. Reconocimientos, expansión internacional, alianzas estratégicas. En 2017, Carlos se convirtió en el primer samario en ganar el premio Ventures Colombia. Pero el aplauso nunca fue su motor.



Entonces la vida habló en voz baja, pero firme. La enfermedad de su padre lo trajo de vuelta a casa. Y ese regreso no fue una pausa: fue una reafirmación. Santa Marta lo esperaba.
Desde la academia ayudó a crear el primer centro de innovación y emprendimiento de la universidad. Fue director ejecutivo de la Corporación Santa Marta Vital hoy Pro Santa Marta y lideró Santa Marta Tourism Center. Luego dio un paso decisivo hacia lo público: asumió la Secretaría de Desarrollo Económico del Distrito de Santa Marta. Allí, lejos de los discursos, se metió de lleno en la realidad del emprendedor, del comerciante, del que lucha todos los días por sostener su negocio. Su gestión fue la de quien entiende que el Estado debe acompañar, no estorbar; impulsar, no imponer.
En ese camino, su relación con la Cámara de Comercio de Santa Marta fue clave. Especialmente su cercanía con quien entonces dirigía la entidad: la doctora Silvia Medina, líder incansable, visionaria, profundamente comprometida con el desarrollo empresarial del territorio. Más que una relación institucional, fue un vínculo humano. De respeto, de aprendizaje mutuo, de sueños compartidos por una ciudad posible. Su fallecimiento dejó un silencio difícil de llenar, pero también un legado que hoy sigue vivo en quienes creyeron junto a ella.
Por eso, la llegada de Carlos Jaramillo a la Cámara de Comercio de Santa Marta y el Magdalena no es casualidad. Es coherencia. Es destino. Es la continuidad de una historia que siempre apuntó al mismo lugar.
Carlos no habla de cargos. Habla de procesos. No presume logros. Asume responsabilidades. Y entiende que liderar, en una ciudad como Santa Marta, es hacerlo con sensibilidad, con memoria y con amor.
Porque hay quienes hacen carrera. Y hay quienes hacen ciudad.

