Hablar de El Rodadero no es solo hablar de un sector turístico. Para muchos, es hablar de infancia, de primeras caminatas frente al mar, de tardes largas viendo caer el sol y de un lugar que durante años fue sinónimo de orgullo para la ciudad. El Rodadero no siempre fue caos; fue también orden, belleza y promesa.
Con el paso del tiempo, esa promesa empezó a resquebrajarse. El deterioro de la malla vial, los problemas crónicos de saneamiento básico, la ocupación desbordada del espacio público y la falta de control urbano fueron transformando el paisaje. La carrera primera, el camellón y la playa, el corazón del sector, se convirtieron en escenarios de desorden, movilidad colapsada y una informalidad sin reglas que terminó desplazando al peatón y desconcertando al visitante.
Las calles cerradas sin una visión integral rompieron la circulación natural del sector y facilitaron que el espacio público quedara a la deriva. La playa, que debería ser un lugar de encuentro y contemplación, fue perdiendo su armonía entre sillas, ventas nocturnas y una saturación que atentaba contra la estética y la experiencia turística. No fue la gente el problema; fue la ausencia de un modelo claro, humano y sostenible.
Pero las ciudades, como las personas, también tienen derecho a corregir el rumbo.
Hoy se percibe una visión clara de progreso para El Rodadero. El alcalde Carlos Pinedo Cuello ha asumido su recuperación con soluciones de fondo en saneamiento, infraestructura, seguridad y espacio público. En esa línea, el inicio de las obras del Colector Tamacá – Fase II representa un paso importante para devolverle al sector el orden, la competitividad y la dignidad que nunca debió perder.
El Rodadero además de sus obras estructurales; necesita orden, planeación y permanencia. Reabrir calles, recuperar el espacio público, reubicar de manera concertada a los vendedores, ejercer control vial y proteger el paisaje no son actos de exclusión, sino de cuidado colectivo.
Y entonces surge una pregunta que no es ingenua, sino profundamente necesaria: ¿por qué no soñar? ¿Por qué no imaginar un camellón organizado, armónico, al estilo del sector de la Marina de Dubai, donde el comercio conviva con el paisaje; donde nadie invada el espacio del otro; donde las actividades económicas sean formales, responsables y conscientes de que cuidar el entorno también es parte del negocio?
Soñar no es desconocer la realidad. Soñar es proyectar un futuro posible. El Rodadero puede ser un lugar donde el turismo, el comercio y la vida cotidiana convivan sin conflicto; donde volver a caminar sea un placer; donde la playa recupere su silencio visual y su belleza natural; donde el orden no excluya, sino que dignifique.
El reto, sin duda, será sostener este proceso en el tiempo. La recuperación no puede ser episódica ni frágil. Debe ser constante, sensible y firme. El desarrollo turístico no está reñido con la inclusión social cuando existe regulación justa, diálogo y visión de ciudad.
Sanar El Rodadero es sanar una parte esencial de Santa Marta. Porque recuperar ese lugar donde muchos crecimos es también acercarnos, un poco más, al Rodadero que siempre soñamos.


