Después de días difíciles para Santa Marta, el Mercado Público volvió a abrir sus puertas y poco a poco comenzó a recuperar ese movimiento que forma parte de la vida cotidiana de la ciudad.
Desde temprano, vendedores, trabajadores y compradores regresaron a sus puestos y locales. Volvieron los productos frescos, las conversaciones entre comerciantes, el movimiento de quienes llegan en busca de alimentos y ese particular ambiente que convierte al Mercado en uno de los lugares más vivos de Santa Marta.
La reapertura se dio en medio del dispositivo de seguridad dispuesto tras los recientes hechos de orden público. Durante la jornada hubo presencia de la Policía Nacional, el Ejército y el Gaula, acompañando a comerciantes y visitantes en diferentes puntos del sector.

La gobernadora del Magdalena, Margarita Guerra, estuvo en el Mercado desde primeras horas de la mañana y recorrió varios establecimientos. Como parte de la jornada, decidió trasladar temporalmente parte de su equipo de trabajo a este sector para acompañar desde allí las acciones relacionadas con la seguridad y la recuperación de la actividad económica.
Más allá de los despachos y las reuniones, el verdadero protagonista de la jornada fue el propio Mercado: sus comerciantes, sus trabajadores y las familias que dependen de la actividad que cada día comienza mucho antes de que salga el sol.
El Mercado Público es mucho más que un lugar para comprar alimentos. Es parte de la memoria de Santa Marta y uno de los puntos donde se encuentran diariamente distintas historias de la ciudad. Allí se abastecen hogares, restaurantes y pequeños negocios, y de su movimiento dependen cientos de familias.
Por eso, volver a abrir sus puertas tenía un significado especial.
La Gobernación informó que más de 600 policías y 500 militares serían desplegados en Santa Marta, Ciénaga y la Troncal del Caribe, mientras el Gaula reforzaría las acciones de prevención frente a posibles casos de extorsión.
El objetivo era brindar mayores condiciones de seguridad para que comerciantes y ciudadanos pudieran regresar progresivamente a sus actividades.
Después de días en los que el miedo había cambiado el ritmo de Santa Marta, el Mercado volvió a escuchar sus propios sonidos.
Las puertas se abrieron, los puestos comenzaron a llenarse y la ciudad recuperó una pequeña pero importante parte de su rutina.
Porque cuando el Mercado vuelve a moverse, también comienza a moverse una parte de Santa Marta.
