Después de más de una década vistiendo la camiseta de la Selección Colombia, James Rodríguez anunció su retiro. Se va un futbolista que convirtió sus goles en recuerdos, sus asistencias en celebraciones y aquel Mundial de Brasil 2014 en uno de los capítulos más hermosos de la historia reciente del fútbol colombiano.
Hay jugadores que pasan por una Selección y dejan estadísticas. Hay otros que dejan recuerdos.
James Rodríguez pertenece a esa segunda clase.
Este martes anunció que no volverá a vestir la camiseta de la Selección Colombia, cerrando una historia de más de diez años en la que hubo noches de gloria, momentos de incertidumbre, lesiones, frustraciones y, sobre todo, instantes que quedaron para siempre en la memoria de un país.
James llegó a la Selección cuando todavía era un muchacho que soñaba con hacerse un nombre en el fútbol. Con el tiempo, aquella camiseta amarilla terminó convirtiéndose en parte de su propia identidad.
Y entonces llegó Brasil.

En 2014, Colombia descubrió que aquel joven de zurda privilegiada podía convertirse en una estrella mundial. James jugó un Mundial extraordinario, marcó seis goles y se convirtió en uno de los grandes protagonistas del torneo.
Pero hubo una tarde que permanece intacta.
En el estadio Maracaná, frente a Uruguay, recibió el balón de espaldas al arco. Lo controló con el pecho, dejó que la pelota cayera y, sin pensarlo demasiado, sacó un zurdazo que todavía parece viajar por el aire. Gol.
Durante unos segundos, millones de colombianos gritaron al mismo tiempo.
Quizás por eso la historia de James con la Selección nunca pudo reducirse a números. Porque hubo algo emocional en su relación con Colombia. Fue el futbolista que, en un momento especial, consiguió que un país entero volviera a mirar el fútbol con una ilusión que parecía dormida.
Después vendrían otros años. También las dificultades. Las lesiones, los cambios, las discusiones, las ausencias y esos momentos en los que parecía que el camino se hacía demasiado pesado.
Pero incluso en los días difíciles, la memoria conservó al James que hizo soñar a Colombia.
Ahora él ha decidido cerrar esa puerta.
“Gracias por acompañarme estos años”, escribió al despedirse.
Quizás no exista una frase más sencilla para ponerle punto final a una historia tan grande.
Porque detrás de esa camiseta estuvieron los niños que alguna vez quisieron ser James. Estuvieron las familias reunidas frente al televisor. Estuvieron las calles celebrando cada gol y las banderas ondeando en las ventanas. Estuvo un país que durante muchos años encontró en el fútbol una razón para abrazarse.
Vendrán otros jugadores. Vendrán otros goles y seguramente otros héroes.
Pero hay recuerdos que no se reemplazan.
El gol a Uruguay, la sonrisa después de cada celebración, el número 10 sobre la camiseta amarilla y aquella imagen de un joven colombiano conquistando Brasil quedarán para siempre.
James se despide de Colombia.
Colombia, en cambio, difícilmente podrá despedirse de James.
Porque algunas historias terminan en la cancha, pero continúan viviendo en la memoria.
