Por: Jose Rey
Hay historias que comienzan mucho antes de que exista una profesión. La de Víctor Navarro empezó a los seis años, en Cascajal, un corregimiento cercano a Magangué, en ese territorio donde la sabana y la ciénaga parecen encontrarse en un mismo paisaje. Allí nació su vínculo con el acordeón, con el canto y con una tradición que, con el paso de los años, terminaría convirtiéndose también en una forma de entender la vida.
Historiador, actor y músico, Navarro pertenece a una generación que ha aprendido a moverse entre la memoria del folclor y los lenguajes contemporáneos de la televisión y el teatro. Su historia artística comenzó siendo apenas un niño, cuando su padre —juglar sabanero, acordeonero, cantante y compositor— lo llevaba de pueblo en pueblo para presentarlo en las tarimas y mostrar aquel talento que desde temprano había reconocido en su hijo.
Cada viernes, sábado o domingo significaba un nuevo destino. Donde había una fiesta, una corraleja o simplemente un público dispuesto a escuchar, allí llegaban padre e hijo con el acordeón y las canciones. Esa infancia itinerante terminó siendo una escuela mucho más grande que cualquier escenario académico: la escuela de los juglares, de la tradición oral y de la música aprendida de oído.

Fue precisamente en Sincelejo donde el camino dio un giro inesperado. Siendo todavía un niño, Víctor fue convocado para interpretar a Alejo Durán en su infancia en la producción televisiva Alejo Durán, estrenada en 1999. Aquel personaje abrió las puertas de la televisión y lo llevó a Bogotá, ciudad en la que posteriormente desarrollaría buena parte de su carrera artística.
Después llegaron producciones como Siete veces amada, Las noches de Luciana, Tierra de cantores, además de diferentes proyectos relacionados con la historia y la cultura vallenata. Su trayectoria también ha estado vinculada a producciones biográficas y de gran alcance como Rafael Orozco, Diomedes, Martín Elías y Cien años de soledad. En paralelo, se formó como actor en el Teatro Nacional de Bogotá, consolidando una carrera en la que la interpretación y la música han convivido de manera natural.
Ahora, su historia vuelve a encontrarse con la del Caribe a través de Francisco, el Hombre, serie grabada para Telecafé y emitida por Telecaribe, que rescata la figura legendaria de uno de los grandes nombres asociados a la tradición vallenata. Para Navarro, interpretar y acercarse nuevamente a estos personajes significa también regresar a las raíces que marcaron su infancia.
Pero más allá de la televisión, existe una preocupación que atraviesa su discurso: el futuro del vallenato.
Navarro observa con admiración la extraordinaria capacidad técnica de los acordeoneros actuales. Reconoce en las nuevas generaciones intérpretes de enorme talento, capaces de alcanzar niveles de ejecución sorprendentes. Sin embargo, plantea una reflexión que trasciende la técnica: el vallenato nació para contar historias y esa cualidad narrativa parece haberse debilitado.
Para él, las antiguas canciones tenían personajes, lugares, tiempos, acontecimientos y relatos. El juglar no solamente interpretaba una melodía: narraba el mundo que conocía. Contaba amores, viajes, tragedias, encuentros, paisajes y personajes. Cada canción podía convertirse en una pequeña crónica de la vida cotidiana.
Hoy, considera, la música puede privilegiar más el ritmo y la sonoridad que la historia. Y aunque reconoce que el vallenato contemporáneo conserva una enorme riqueza musical y grandes intérpretes, advierte sobre la necesidad de proteger aquello que lo hizo único: su capacidad de contar.
En esa defensa de la memoria, Víctor Navarro ha encontrado también una manera de transmitirla a las nuevas generaciones. No habla del folclor únicamente desde los libros o desde la academia. Lo hace con el acordeón en las manos, utilizando la música como puente entre la palabra, la historia y quienes están descubriendo hoy el valor de una tradición que pertenece profundamente al Caribe colombiano.
Su recorrido resume, de alguna manera, una parte de la identidad de esta región: un niño de Cascajal que aprendió a tocar acordeón recorriendo pueblos, un actor que llegó a la televisión nacional, un estudiante de teatro, un historiador y, sobre todo, un artista que entiende que preservar el folclor no significa convertirlo en una pieza de museo.
Significa seguir contándolo.
Porque mientras exista alguien dispuesto a tomar un acordeón, cantar una historia y explicar de dónde viene, la memoria del juglar seguirá teniendo futuro.

