Hay días en los que el fútbol no se juega, se respira con dificultad. La despedida de Messi de la Selección Argentina no es solo el fin de una era deportiva; es el cierre definitivo de la infancia colectiva de todo un país.
Por Jose Rey
El fútbol siempre tuvo algo de liturgias profanas, pero con Lionel Andrés Messi se convirtió en una fe cotidiana. Durante dos décadas, los domingos no empezaban cuando salía el sol, sino cuando el diez se ataba los cordones, se ajustaba la cinta de capitán y salía al césped vestido con los colores del aire. Hoy, ese ritual ha llegado a su inevitable última página, y el aire, de pronto, se siente un poco más pesado.
Ver a Messi despedirse de la camiseta albiceleste es asistir al sobrecogedor espectáculo del tiempo haciendo de las suyas. No hay épica que detenga las agujas del reloj, pero hay despedidas que logran pausar el pulso de 46 millones de personas.
El poema que tardó veinte años en escribirse

La relación entre Lionel y Argentina no fue un romance a primera vista; fue un amor de los verdaderos, de los que duelen, de los que se construyen en la tormenta. Hubo una época de incomprensiones, de finales amargas bajo el frío de Santiago o Nueva Jersey, de maletas cargadas de silencio y cicatrices abiertas que la crítica despiadada no dudaba en salar.
Cualquier otro hombre se habría retirado a la comodidad de sus títulos de club, al refugio dorado de donde nunca fue cuestionado. Pero Leo, con esa terquedad silenciosa que solo tienen los genios de barrio, prefirió seguir tropezando hasta aprender a volar.
Y vaya si voló.
El destino, que suele ser un dramaturgo paciente, le tenía reservada la recompensa en el ocaso. La Copa América en el Maracaná fue el abrazo que disipó las dudas; el Lusail de Qatar, la coronación inmortal bajo las estrellas del desierto. En ese instante, cuando levantó el trofeo envuelto en el bisht dorado, Messi no solo tocó el cielo: saldó una deuda con su propio corazón y le devolvió la sonrisa a una nación acostumbrada a las penas.
El vacío del diez
En su último partido con la albiceleste no hubo espacio para la frialdad del análisis táctico. Cada toque de balón tenía sabor a nostalgia anticipada. Cada gambeta corta era un intento desesperado del público por congelar los fotogramas del partido. En las tribunas, los adultos lloraban con la misma inocencia con la que los niños miraban la pantalla, entendiendo, quizás por primera vez, lo que significa la palabra definitivo.
Cuando llegó el minuto final y Leo caminó hacia el centro del campo para agradecer el aplauso sordo y monumental del estadio, la escena trascendió el deporte. Se despedía el pibe de Rosario que se fue de niño a Barcelona llevando una patria entera en la maleta; el tipo humilde que convirtió el arte de lo imposible en algo de todos los días.
A partir de mañana, la camiseta número 10 de la Selección volverá a ser solo una prenda de tela. Tendrá nuevos dueños, por supuesto, y vendrán otros cracks a encender la ilusión. Pero nadie volverá a sobrevolar la cancha con esa gracia divina, esa timidez de héroe reacio y esa zurda capaz de reconciliar a un país entero con la felicidad.
Gracias por el viaje, Leo. La pelota te va a extrañar, pero no tanto como nosotros.

