Hay crisis que se miden en números y otras que se sufren en la piel. En el Caribe colombiano, la pesadilla del servicio eléctrico pertenece a la segunda categoría: es el calor sofocante en medio de un apagón, el comercio que pierde sus ventas y el suspiro de impotencia al abrir una factura que no da tregua.
En días recientes, dos movimientos financieros sacudieron el panorama: el Gobierno Nacional anunció $1,5 billones para aliviar la liquidez del sector, mientras Air-e Intervenida firmó una línea de crédito con la firma china CMC por hasta $1 billón. La proximidad de ambos titulares invita a un entusiasmo apresurado. Sin embargo, detrás de los $2,5 billones no hay una solución mágica, sino una contradicción dolorosa: una empresa que se endeuda para construir el futuro mientras se ahoga en el presente.

Dos caminos, dos propósitos muy distintos
Es fundamental no confundir la liquidez con la inversión estructural:
- El auxilio gubernamental ($1,5 billones): Diseñado para dar oxígeno a la cadena de pagos e impedir un colapso con las empresas generadoras. No es dinero para cambiar transformadores ni tender nuevas redes; es un flotador térmico para que el sistema siga operando.
- El crédito chino ($1 billón): Un contrato marco a 60 meses con una tasa del 5,2% anual y un año de gracia. Este dinero sí es para obras —subestaciones y redes en Atlántico, Magdalena y La Guajira—, pero no desembolsado de golpe ni destinado a saldar deudas pasadas.
Un hueco financiero que no cede
Air-e arrastra pasivos superiores a los $3,3 billones. El fondo del problema no es solo operativo, sino estructural y social. En el territorio, la empresa recauda menos del 40% de la energía que compra: el 33% se pierde en fraude y un 30% de los usuarios no paga.
El caso de Puebloviejo (Magdalena) es el retrato vivo de esta parálisis: la deuda acumulada supera los $140.000 millones y el recaudo es del 1,6%. De cada cien pesos facturados, apenas se recuperan dos. Cuando se corta el servicio, la protesta social bloquea la arteria vial del norte del país, forzando la reconexión y perpetuando un bucle sin salida.
La urgencia de una mirada propia para el Caribe
Desde los gremios hasta la institucionalidad, el clamor es uniforme. Voces como Cotelco recuerdan que no se puede medir el consumo del litoral templado con la misma vara del interior del país: una subsistencia de 173 kWh al mes resulta irrisoria donde la climatización es una necesidad vital de supervivencia y no un lujo.
Los $2,5 billones en anuncios no borran las preguntas de fondo: ¿con qué liquidez pagará Air-e este nuevo crédito si no puede con sus compromisos actuales? ¿Cuánto de ese billón chino se traducirá en obras reales para zonas críticas como el Magdalena?
Para la gente de la región, las promesas financieras significan muy poco si no se traducen en un voltaje estable y un trato justo. El Caribe no necesita más acrobacias contables ni billones sobre el papel; necesita, de una vez por todas, ver las obras llegar y dejar de volver siempre al mismo punto de partida.

