Chucho: del carrito de ceviche a la gran industria del mar

Hay hombres que llevan la resiliencia tatuada en la piel, y Jesús Trujillo Bonet, “Chucho” es uno de ellos. Su historia no comenzó entre fogones ni con manteles largos, sino en los caminos de la vida misma, probando suerte en distintos oficios, levantándose una y otra vez.

En los años setenta iba y venía entre Maicao, Barranquilla y Santa Marta, vendiendo mercancías por libranza en las oficinas de Telecom y la Gobernación. Eran días de “chequecitos” quincenales, de rebusque constante y de aprender que, en los negocios, como en la vida, lo único seguro es el movimiento. Un emprendimiento que parecía prometedor, pero un atraco lo borró de un plumazo. Se quedó solo, sin socio, sin respaldo.

Entonces se reinventó: creó el primer video a domicilio de Santa Marta. Las películas iban y venían por el Rodadero en tiempos donde un casete VHS era sinónimo de magia. Pero la llegada de las parabólicas lo obligó otra vez a cerrar y mirar hacia otro lado.

Fue en la playa, mirando el horizonte, cuando le llegó la idea que cambiaría su destino. Se dijo: “Aquí todos venden perros calientes y pizzas, pero nadie vende ceviche. ¿Y si lo intento?” Con el permiso del alcalde y el apoyo de su madre, que le envió un dinerito, mandó a hacer una carreta. El 20 de marzo de 1992, a las 11 de la mañana, comenzó con apenas 15 libras de camarón.

Ese día vendió todo. Al día siguiente compró 45 libras. Y también las vendió. Cuando llegó Semana Santa, la carreta de Chucho era una romería: turistas, samarios, curiosos. Llegó a despachar más de 100 libras en una sola jornada. Un periódico local tituló: “A Chucho le sonó la flauta”. Y vaya que le sonó.

Claro que no todo fue color de rosa. Hubo clientes que se fueron sin pagar, noches en vela cuidando el producto, días en que el refrigerador era su mesa de noche. Pero también hubo ángeles en el camino, como aquella señora ecuatoriana que le compartió un secreto para darle un sabor inconfundible a su ceviche. Gracias a esos detalles, su receta se volvió imbatible.

Del carrito pasó al local, y del local a una planta de proceso en Gaira. Hoy, el mismo hombre que empezó con 15 libras maneja una industria que mueve hasta 500 kilos de camarón en un solo día de temporada alta. Tiene cuartos fríos de toneladas de frutos del mar, un equipo de más de 130 empleados, muchos de ellos madres cabeza de hogar.

Por eso, en la ciudad y en la industria, lo llaman con cariño y respeto la “Chucho industria”. Porque no es solo un cocinero, es un referente, alguien que convirtió una idea sencilla en un motor económico que alimenta familias y abre oportunidades. Hoy samarios y turista disfrutan de tres sedes en la ciudad el tradicional en el Rodadero, el Donde Chucho Gourmet, en el parque de los novios y Donde Chucho Blue en la bahía del Rodadero, con un vista que no tiene igual.

Entre tanto esfuerzo apareció el otro gran ingrediente de su vida: el amor. Hace treinta años conoció a Emi Zúñiga, una barranquillera que había enviudado de un comandante de la Armada y criaba tres hijos. Se encontraron casi por azar, pero el destino hizo el resto. Ella lo define sin titubeos: “Si la media naranja existe, Chucho es la mía”.

Lo suyo fue un enganche inmediato, de esos que se sienten más que se explican. Entre desacuerdos y aprendizajes, entre un cuarto pequeño con un refrigerador que servía de mesa de noche y las primeras noches en vela, levantaron juntos una vida. Ella lo define sin rodeos: un hombre trabajador, de gran corazón, que la conquistó con su ternura y su disciplina.

Su papel ha sido vital. Tenaz, organizada, visionaria, confiesa que nada se hace en la empresa sin el acuerdo de ambos. Ese equilibrio, él con la chispa creativa, ella con la visión y la estructura, ha sido la clave para que el negocio creciera, y también para que el amor resistiera las pruebas del tiempo.

Treinta años después, no solo tienen un imperio gastronómico, sino también una relación que sigue inspirando. Se conocen tanto que a veces piensan lo mismo en el mismo instante. Y aunque reconocen que no todo ha sido fácil, agradecen a Dios cada día por lo que han construido juntos: un hogar, una empresa y un legado que sabe a mar.

Incluso hay un refrán muy conocido “si estuviste en Santa Marta y no fuiste donde Chucho restaurant, entonces no fuiste a Santa marta”.

Chucho ya no es solo aquel muchacho de la carreta, ni siquiera solo la “Chucho industria”. Es un hombre que entendió que los grandes sueños se sostienen mejor de a dos. Y en su caso, el mejor ingrediente secreto siempre ha sido el amor.

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