
Dicen que en el Magdalena hay un árbol discreto, de sombra fresca y fruto pequeño, llamado guásimo.
Su sabor es agridulce, tan áspero como la tierra seca y tan dulce como la infancia. Un niño lo probó alguna vez y guardó en la memoria aquel gusto humilde, sin saber que con los años ese fruto le daría nombre a su destino.
Pasaron los años y Fabián viajó lejos. Conoció cocinas extranjeras, técnicas modernas, sabores que venían de mares y tierras ajenas. Abrió un primer restaurante al que llamó Rocoto, inspirado en el Perú, pero pronto entendió que algo lo llamaba de regreso: el rumor de su río, el color de su tierra, la voz de su madre.

Ese niño era Fabián Rodríguez, hijo de una mujer que cocinaba con el corazón. Santos Reyes Marriaga no seguía libros de recetas: dejaba que las manos hablaran y que el fuego hiciera su magia.
En su cocina, el olor del pescado fresco se mezclaba con el de los guisos de plátano, el maíz tostado y el coco rallado. Allí, Fabián aprendió que la comida no solo llena el estómago: también despierta recuerdos, sana tristezas y celebra la vida.

Así, en el 2018, en el corazón del Centro Histórico de Santa Marta, nació Guasimo. No fue solo un restaurante: fue un árbol de memorias que desplegó sus ramas entre las mesas y colgó en sus paredes cuadros del propio chef. Los peces pintados parecían nadar sobre lienzos, y cada plato se servía como si fuera un cuadro hecho de colores comestibles.

Guásimo es la mágica simbiosis entre las sinfonías de la naturaleza , representadas en el arte y la gastronomía. Es una exaltación a la pureza de su cultura y a las manos laboriosas que proveen los mejores productos a esta cocina, la cual transforma ingredientes en manjares que, con cada bocado, cuentan historias y exaltan los sabores locales , generando identidad.
Así, cada día, en cada mesa, se coloca un plato que se enorgullece de mostrar a sus visitantes las raíces del gran Caribe colombiano y sus valiosas tradiciones samarias.

En su carta, los sabores del Magdalena se vistieron de gala: el corozo se convirtió en poesía líquida, la jaiba ahumada contó historias de marismas, el cayeye de guineo verde se elevó a manjar de celebración, y el arroz con coco y mariscos guardó el secreto del litoral en cada grano.
Cada año, el menú cambiaba como cambian las estaciones: nuevas formas de contar la misma tierra, nuevas metáforas hechas de ingredientes cercanos.
Quienes entran a Guásimo no solo comen: viajan. Unos regresan a su infancia en un bocado , otros descubren el alma de una tierra desconocida. Todos coinciden en que allí se siente algo más: una mezcla de arte, memoria y territorio que no se explica, se vive.

Hoy, Guásimo es árbol y es fruto
Es la infancia de un niño hecha legado, es la voz de una madre transformada en sazón , es la memoria del Magdalena servida en platos que parecen cuentos.
Y así, como quien llega al mar buscando horizonte o al río buscando frescura, el viajero que pisa tierras samarias encuentra en Guasimo una parada inevitable.

Porque conocer Santa Marta no es solo mirar su bahía ni caminar sus calles coloniales: es sentarse bajo la sombra de este árbol de sabores y dejar que cada plato lo cuente todo.

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